Daniela trajo a la clase un cartel del día mundial de concienciación sobre el autismo (que se celebra el 02 de Abril) y nos cambió el trabajo y las actividades planificadas para ese día y los siguientes, porque lo que nos traía era muy interesante y muy importante. Con lo que nos contó la propia Daniela, y lo que trajeron los niños como respuesta a la pregunta que propusimos, y con los videos que nos propuso Rosalía (la madre de Miguel Ángel Dávalos) en el enlace que puso en el comentario de la semana que ha pasado y que os recomiendo si no habéis visto, hemos ido elaborando entre todos mensajes cortos que definen a estas personas tan especiales: "Únicos", "Geniales", "Necesitan orden", "Hablan con la mirada", "Les gusta la música", "Se desarrollan de forma diferente", "Sinceros", "Les cuesta comunicarse", "Chulos", "Son artistas", "Necesitan tranquilidad", "Son como nosotros", "Especiales", "Necesitan amor", "Guapos". Bueno, ni es una lista completa ni seguramente del todo exacta, pero nos ha ayudado a hacernos una idea.
Y el lunes tuvimos la suerte de tener a todos los chicos y chicas de prácticas en nuestra clase, ayudándonos. Seis maestros en total. Todo un lujo.
El Libro Viajero de los Abuelos le ha correspondido en esta ocasión a Cristina; además de que el libro les ha quedado genial, su abuela nos ha contado infinidad de cosas de su infancia, y de lo diferentes que eran entonces algunos aspectos de la vida. Hasta nos ha cantado canciones y hemos quedado encantados por el rato tan hermoso que hemos pasado con ella. Muchas gracias.
Las Rabietas
Las rabietas son una expresión inmadura de las emociones. Cuando el niño o la niña no consigue expresar su frustración de un modo adecuado recurre a las rabietas.
Esa rabia puede surgir por muchos motivos: porque no ha logrado encajar una pieza en su construcción, porque no es capaz de expresar con claridad lo que desea, porque no quiere abandonar el parque para ir a casa o por cualquier dificultad que se le presente.
Sentir rabia por algo que no sale como deseábamos es una reacción natural y sana. Niños y adultos sentimos rabia en muchas ocasiones. Cuando esa rabia no la controlamos y explota sin más, es cuando aparece la rabieta. Los adultos también tenemos rabietas; todos hemos visto alguna vez a un conductor gritando a otro mientras se cuela sin esperar su turno o a alguien pegando golpes a una máquina porque no le devuelve el cambio. Lo que ocurre es que el adulto tiene más capacidad para canalizar esas emociones, más elementos para comprender lo que ocurre, y no necesita recurrir a las rabietas con tanta frecuencia como los niños pequeños.
Las rabietas aumentan si el niño está cansado, no ha dormido lo suficiente, si tiene hambre o si está enfermo. Suelen aparecer con un año de edad y se reducen bastante a partir de los tres, cuando se desarrolla el lenguaje. Es frecuente que aquellos niños que tardan más en hablar o en adquirir un desarrollo adecuado del lenguaje recurran a las rabietas con más frecuencia y las prolonguen algunos años más. Cuando finalmente el lenguaje aparece como una herramienta útil para expresar sus emociones, suelen renunciar a estos ataques de rabia que son menos eficaces y les producen un gran desgaste emocional.
Todos los niños y niñas han tenido rabietas en algún momento o época de la vida. No se trata de una reacción patológica que requiera un tratamiento específico, más bien es una conducta característica de un momento evolutivo. Por lo tanto, no debemos «prohibir» esas expresiones, hay que permitirles que reaccionen así porque en ese momento no tienen otro modo de reaccionar y es positivo que puedan expresar su rabia. Ahora bien, aunque lo comprendamos, habrá que enseñarles a encauzar la situación. No cabe duda de que son escenas desagradables, tanto para los padres, con quienes generalmente se desarrollan, como para el niño protagonista y que provocan una gran tensión que afecta a todos.
Podemos encontrar distintas conductas en un ataque de rabia de este tipo. Pueden gritar, llorar, patalear, pegar al adulto o lastimarse ellos mismos tirándose del pelo, arañándose o incluso dándose golpes en la cabeza. Como siempre, la reacción del adulto ante estas rabietas será determinante para que vayan desapareciendo poco a poco y evitar que se adquieran como una herramienta más en el repertorio de conductas que tendrán en el futuro.
Lo que debemos evitar ante una rabieta:
• Gritar, despreciar o agredir al niño: esta reacción le indica que nosotros también hemos perdido el control y no lo ayuda a tranquilizarse.
• Obligarle a callar e impedir que exprese lo que siente, porque si el niño se siente mal, es positivo que lo exprese, así nos permitirá descubrir qué le está sucediendo. Si le hacemos callar, no se va a resolver el motivo de su rabia.
• Consentirle aquello que reclama y que, al negárselo, ha originado la rabieta. Si cedemos al chantaje, el niño entenderá que es una buena forma de conseguir aquello que desea y nos manipulará en el futuro.
Lo que podemos hacer:
• Mostrarnos lo más calmados posible. De ese modo podemos ayudarlo a que se calme también.
• Si está haciendo daño a alguien o a sí mismo, podemos cogerlo con firmeza, pero a la vez con cariño, y llevarlo a otro lugar donde pueda serenarse. Es difícil hablar y razonar en ese momento, es preferible decirle algo como: «Veo que ahora estás muy enfadado y no podemos hablar, cuando estés más tranquilo volveremos a estar juntos».
• Una vez pasado el berrinche, podemos volver a encontrarnos con el niño, charlar con él o simplemente darle un abrazo, o decirle cosas como: «Sé que a veces te pones muy nervioso y te cuesta mucho controlarte, pero, de ese modo, haces daño a mamá o a tu hermano y eso no se puede consentir», «Tenemos que encontrar una forma de que te tranquilices y puedas resolver el problema», «Ahora intenta contarme qué es lo que te ha enfadado tanto», etc.
• Valorarlo muy positivamente en los casos en que haya conseguido controlarse ante alguna situación frustrante y no haya reaccionado con una rabieta. En este caso se puede resaltar su autocontrol, la capacidad que ha tenido para encontrar una solución sin enfadarse y la satisfacción de todos por haber evitado un episodio tan desagradable.
• A veces, ayuda a prevenir conflictos el hecho de informar al niño sobre lo que va a suceder, evitando que se encuentre con una sorpresa: «Hoy nos vamos a ir más pronto del parque porque tenemos que ir al médico. Sé que no te gusta dejar de jugar tan pronto, pero es necesario». O avisar con un poco de tiempo: «Tenemos que irnos. Te quedan cinco minutos».
• En ocasiones, las rabietas surgen en casa por algo que ha sucedido antes, quizá en el colegio, con un amigo… y los niños aprovechan cualquier excusa para sacar la rabia que guardaban, pero que no se atrevieron a expresar. Si no encontramos una razón para que nuestro hijo se enfade tanto, podemos preguntarle qué ha pasado durante el día o si ha habido algo que le haya molestado.
En definitiva, aunque resulten bastante molestas, las rabietas son el modo que escogen nuestros hijos para hacernos saber que algo no marcha bien. Podemos aprovecharlas para mostrarles nuestra comprensión y nuestro apoyo y para enseñarles a encauzar las emociones de un modo más positivo.
Pero si las rabietas se agravan y persisten a lo largo del tiempo sin causa aparente que las justifique, es obvio que se esconde un problema más profundo, por lo que hemos de consultar con un especialista cuanto antes.











